El Profesional de la Información: Reflexiones Sobre su Identidad y Autorreconocimiento

| |

Una de las actividades que más me ha llamado la atención al hacer parte de este grupo “Activística” ha sido la de las reuniones en donde se discuten tanto las experiencias personales frente a nuestro trabajo en el manejo de información, como  los enfoques desde donde hemos abordado esos problemas a los que nos enfrentamos cotidianamente; es decir, desde la administración, la sociología, las tecnologías, los negocios (sin querer ser exhaustiva en la delimitación disciplinar). Mi distancia hacia el gremio archivístico se daba no tanto porque no comprendiera el ejercicio técnico que se desarrolla en el ambiente universitario o en el laboral, sino más bien en la falta de criticismo, en las débiles prácticas de investigación[1] y en una orientación académica que marcaba en exceso la distancia de los perfiles del archivista y del bibliotecólogo, una desvinculación evidente que no invita para nada a reconocer la universalidad del asunto que realmente abordamos, la organización del conocimiento.

Ahora entiendo por qué, desde hace unos años para acá, tanto archivistas como bibliotecólogos, en una búsqueda de identidad, de un denominador común que no fuera “el documento” (ya vendrá otra lectura para hablar de esto), se autodenominaron “profesionales de la información”. Claro, existía ya o se iba consolidando el término “profesional en ciencia de la información”[2], aunque sospecho que por la grandilocuencia que emite el término y su aura de cientificidad, o tal vez por el hecho de que es muy largo, se decidió adoptar el primero también como un recurso para transitar tanto en la academia como en la empresa con cierto halo de reconocimiento. Porque, en esa carrera meteórica por adquirir una posición más visible en ambos espacios y con las nuevas facultades que brindaba la tecnología, el término “profesional de la información” da más credibilidad que decir que se es archivista o se es bibliotecólogo. No porque nuestras disciplinas no merezcan reconocimiento, sino porque la competencia y el posicionamiento de nuestro saber frente a otras disciplinas como la ingeniería industrial, la ingeniería de sistemas (para hablar de lo técnico), la historia, la lingüística, no se percibe ni tan académico ni tan técnico y así cumplamos con las normas para afirmar que somos “ciencia”, nuestro discurso poco relacional y analítico desdibuja los esfuerzos de consolidarnos como comunidad discursiva[3].

No más hay que ver cómo profesionales de otras áreas del conocimiento, con toda facilidad, se apoderaron de discursos que partieron de la bibliotecología, como por ejemplo la bibliometría. O cómo los ingenieros hablan de procesos con la facilidad técnica que los eleva a un plano respetable en el ámbito empresarial, dejando a los archivistas subordinados a sus decisiones, que en ocasiones ni siquiera caben dentro del análisis propio del comportamiento empresarial. Cómo con desdén el estudio de los documentos se ve reducido a la agregación de hojas numeradas en carpetas juiciosamente organizadas en cajas, o escaneadas para hacer parte de carpetas virtuales. 

Hemos sido despojados de nuestras propias habilidades por no ser capaces de sustraernos de la localidad, de apropiarnos de las teorías y de manejarlas con un tono distintivamente académico. Hablamos de gestión de conocimiento sin poder transmitir, traducir o contextualizar los postulados de la archivística, repetimos sin cansancio “principio de procedencia y orden original” como si no existieran otros y recitamos un acumulado de normatividad que evidencia más unas habilidades mnemotécnicas que nuestros propios saberes. La interdisciplinariedad asusta porque invita a relacionar ideas, metodologías, a comprender la manera en que cada disciplina maneja la información de acuerdo a sus propias prácticas; y nuestras competencias comunicativas no facilitan la interacción con esos que quieren imponerse sobre nuestro trabajo porque no gozamos de la elocuencia para plantear problemas de fondo o para sostener discusiones con fundamentos teóricos más universales.

¿Cómo comprender una comunidad que crece mediante la interacción de los procesos de investigación, del fortalecimiento de sus programas universitarios, de la promoción de la relación entre la academia-empresa-estado bajo ese modelo enunciado desde los años 90 como triple hélice[4]? ¿Cuál ha sido el papel de las sociedades de profesionales en la consolidación de comunidades científicas o discursivas en este campo del conocimiento? ¿Será posible que la academia nos haya provisto de demasiado saber técnico que cercenó nuestra capacidad de análisis, construcción y generación de conocimiento y nos invalidó para competir en un nivel, más científico, con profesionales de otras carreras? ¿Es válido autodenominarnos profesionales de la información si desconocemos que nuestro campo de acción no se reduce a un archivo o a la ejecución de Tablas de Retención Documental (TRD), por dar un ejemplo?

Anquilosados en una discusión interna entre profesionales y técnicos sobre quién es más hábil manejando las herramientas que nos da la archivística, sobre quién debe portar o no la tarjeta profesional, hemos dejado de enfocarnos en los problemas propios de la disciplina, de comprender la dinámica de participación de sus miembros  (investigadores, empresarios, docentes, estudiantes) que le dan sustento y sentido, de conocer más las discusiones que se dan en un contexto internacional.

Hemos dejado a un lado la elaboración teórica, la construcción de modelos, la forma en que opera nuestra actividad sobre el mundo, para mantener discusiones emocionales, sin datos. Necesitamos que la columna vertebral de nuestro quehacer esté fundamentada en los datos, en la construcción de escenarios que nos permitan ver un panorama general de las actividades que se desarrollan en la investigación, la praxis y la innovación. Sólo a partir de la gestión de nuestro conocimiento y quehacer es posible la consolidación de una comunidad más visible y sólida que invite a nuevas generaciones a la construcción de conocimiento colectivo. Reconocernos es nuestro objetivo. 

Referencias

[1]Para tener una breve noción del panorama de la investigación nacional de la archivística, compartiremos desde la página web de Activística resultados preliminares sobre el comportamiento de los grupos de investigación relacionados, en la semana del archivista 2020.

[2]También con el cambio curricular y de títulos que varias universidades nacionales fueron implementando.

[3] Swales, J. (2016). Reflections on the concept of discourse community. https://www.researchgate.net/publication/316551707

[4] Leydesdorff, L. (1998). The Triple Helix as a Model for Innovation Studies. Ver en   ttps://www.leydesdorff.net/th2/spp.htm
Comparte esto...
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin
Anterior

Archivística Latinoamericana; más allá de las castas y las jerarquías.

El futuro es la estrategia y el ciudadano

Próximo

Deja un comentario